Era (o no) un día cualquiera en la vida de Perez hijo: ÉL magnate electro-trans-comu-aeronaval. Su SL 300, negro, se acercaba a un pintoresco club; las señoras en trajes de baño saltaban con gracia al agua. Su mujer, Sonia, lo esperaba aún con el pelo mojado bajo un sauce llorón, Perez Jr. estacionó frente a ella, accionó un hidráulico y las puertas de su Widowmaker comenzaron a alzarse. Sonia, que nunca se acostumbró al modelo excéntrico miraba como poco a poco el perfil de su marido aparecía, como siempre imponente, dentro del automóvil.
No mencionaron palabra alguna, el 300 avanzaba ligero calle abajo, el sol brillaba implacable entre miserables nubes sonrosadas, ambos estaban desconcertados, aturdidos, pues quién sabe como, entre la perfecta máquina que era su vida tenían unas horas libres. Eligieron por acuerdo telepático un parque, su favorito, y todo en ese día era agradable, perfecto. Los labios de ambos temblaron, titubearon, y sentados en esa banca venida a menos, rodeados de perros, risas, vendedores de churros; se dieron un beso, el único que habían sido capaces de darse en meses.
Ambos, intentaron decir algo... pero por acuerdo telepático eligieron callar. Perez Jr. miró su muñeca dando a entender que ya era hora, caminaron de regreso, un poco más juntos de lo que habían llegado, hombro con hombro, sintieron ese calor ahora tan ajeno. Perez Jr. abrió las puertas de su coche mediante el control remoto, Sonia, con el viento dándole a la cara, Sonia, sintiéndose aún en el fondo de la piscina, al ver las puertas elevarse, por un momento imaginó un ave; subieron al coche, este, sin hacer ruido arrancó.
El silencio, que ahora era dulce, risueño, pastel; continuaba reinando pero todo en ese día parecía puesto ahí para confortar el alma. Semáforo en rojo, un niño malabarista se para frente al coche y ejecuta su acto, en medio número las naranjas caen de sus manos, el niño las recoge y extiende su mano a través de la ventana. Perez Jr. niega con la cabeza mientras le dice.
—Sigue practicando hijo, y si lo haces completo para la otra te doy 100 varos
—Démelos ahorita don, o una moneda no sea gacho
Semáforo en verde, Pereza Jr. acelera mientras el niño se la raya.
—¡Pinche viejo cagado, pelón pendejo...
Su voz se pierde en los sonidos de los motores, los cláxones, y asombrosamente en la risa de Sonia, que, para ponerlo más increíble aún, se contagia a Perez hijo. Se tranquilizan después de un momento, con una sonrisa acomodada en los labios. En ese momento, el SL 300 pasa frente una iglesia y Perez se persigna, y Sonia lo deshace con sus enormes ojos azules, lo mira fijamente, lo cuestiona, estupefacta, paralizada, como preguntándose, preguntándole "¿Quién eres tú?". Perez Jr. estaciona pues el mismo se sorprende naufragando en un recuerdo, mirando hacia arriba a Perez padre, la única vez que lo llevó a la iglesia, la única vez que sostuvo su mano.
—Nunca tuve excusa para ser un hijo de puta —dice de pronto—, no me faltó nada, ni agua, ni pan, ni escuela. Tuve, podríamos decir, hasta de sobra y no me costó entender lo que es necesario para pararme, firme, sobre la garganta de este mundo. Un día dije que necesitaba dinero. Él trajo dos sacos de pasas y pequeñas bolsas plásticas "¿Quieres dinero? entonces vende esto" me dijo, así aprendí lo que es el trabajo. Esa fue su verdadera religión, sin templos, sin cruces, sin ángeles y sin demonios, puro y duro trabajo, sudor y trabajo, sangre y trabajo. Me enseñó que no debía despreciarlo, tampoco sentirme inferior por trabajar, ya que era la única forma en que podías decir: "Esto es mío" y sentirte orgulloso de no ser un ladrón.
Perez hijo: ÉL magnate electro-trans-comu-aeronaval pasa la lengua por sus dientes, la muerde con presión mínima, acaricia la mejilla de Sonia, se acerca, poco a poco, huele su cabello, huele a cloro, a verano, a miedo, Perez Jr. se ríe, otra vez (tal vez la última), el sol, aunque más opaco, sigue brillando. El ave, sin hacer ruido... arranca.