Hola, primer relato corto que comparto, espero se entienda y guste.
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“¿Qué recuerdo?”
Recuerdo todo.
“¿Por qué recién ahora me permito relatarlo?”
Resignación. Uno se termina resignando a que determinados hechos no se superan. Porque hay hechos que no se pueden superar, no importa el tipo de terapia, y he probado muchas, o cuánto tiempo pasa. Te limitas a guardarlos en un cajón y rezas para que la llave no se vuelva a encontrar.
Cada segundo, lo rememoro como visto en una película.
De esas en las que te despiertas 6:59, y llegas a ver como el reloj digital cambia a las 7:00 y empieza un locutor con demasiada energía y entusiasmo para ser un lunes, gritando << Buenos días vecino, vecina. ¿Listos para otro maravilloso día? Aquí desde la 78.9 FM ayudándolos a levantarse al ritmo del grupo Los Mediano…’Tu bien sabes, que no sé…’ >>
Me levanté como cualquier día de semana, apronté mi desayuno y dejé pronto el de mi hermana que podía levantarse más tarde.
Cursaba quinto del instituto, vivíamos en las afueras de Veracruz, México, y debía tomar un colectivo de una hora para llegar.
Recuerdo cada instante, el color de las hojas, el diariero en su bici. El color del colectivo, el lugar donde me senté. Es increíble como dadas ciertas circunstancias se te queda grabado en la memoria las cosas más insignificantes. La cara cansina y arrugada del conductor, con su bigote al clásico estilo mariachi. Una profesora de otro grado en el primer asiento, con su buzo de lana rosado, leyendo una novela. Y el resto de los asientos ocupado en su mayoría por alumnos. Algunos amigos, otros conocidos y otros simplemente compañeros de viajes del mismo horario y destino. Todos con nuestro uniforme. Los chicos de camisa celeste y pantalón marrón, y las chicas de camisa celeste y pollera negra.
Me senté en el fondo, al lado de Agustin, con quien me sentía más cómodo para conversar una hora.
El día transcurría sin mayores altercados, lo típico a un lunes caluroso, como solo en México se sabe soportar. Cuando digo sin mayores altercados, me refiero a que dados los acontecimientos, era imposible prever lo que ocurriría a la hora del almuerzo. Pero eso vendrá en un momento.
Me gustaban esas clases, los profesores eran bueno profesores, dedicados. Los almuerzos eran variados así como la gama de estudiantes. Muchos, como yo, de las afueras. Otros tantos de otras ciudades o de la capital misma.
Lo sucedido en el almuerzo fue tan vertiginoso que pido disculpas si la sucesión de hechos suena abrupta y precipitada. Aun, después de casi treinta años, me cuesta ordenar lo ocurrido y transmitirlo.
Estábamos sentados en una mesa con dos compañeros de mi clase, Carlos, Ricardo y Yesica, una chiquilina de sexto. Cuando por la puerta que da al pasillo del comedor, entra nuestra profesora de inglés. Nunca, gracias a Dios, he vuelto a ver tal expresión de espanto y desesperación, como el de ella al abrir esa puerta. Al instante su cuerpo se precipito hacia adelante como si le hubieran pegado en su espalda, y, antes de caer el suelo, un manchón sangre se ensancha en su camisa blanca.
Los de la mesa más cercana se apuraron a socorrerla, pero algo es su expresión antes de tocar el suelo, me decía que ya era tarde. A continuación, mientras algunos la daban vuelta y empezaban a sacar su celular para llamar a emergencia, otros formaban un circulo alrededor y el resto nos limitábamos a esperar parados asustados y mirándonos unos a otros. La puerta se volvió a abrir tan abruptamente que todos al unísono giramos la cabeza hacia ella. Un joven, menor que yo, con nuestro uniforme y a quien alguna vez me cruce en los pasillos entraba con una metralleta en su mano. Antes de tirarme al suelo, creo por acto reflejo, observe su rostro. Transmitía miedo, ira, venganza.
Mientras caía, el sonido de su arma invadió el silencio. Luego, gritos, sillas que se chocan y cuerpos cayendo. Tuve que dejar de taparme los oídos para taparme la boca. Cuando, al abrir los ojos, quien me devuelve la mirada era la expresión sin vida de Carlos. Me quede tieso de miedo cuando a escasos metros detrás de donde yo estaba, se acercaba el chico de la metralleta pateando las sillas a su paso. De no ser, por el sonido de lo que debió ser una persona arrastrándose llamase su atención, habría llegado hasta mí y de seguro no estaría aquí ahora.
El chico se volvió hacia quien se movía, y al estar más cerca de él. Empezó a gritarle. “No te ríes ahora, Renzo, ¿no? ¿Hugo no te parece gracioso?” Su voz denotaba reproche y un dejo de satisfacción. Pero luego, su respiración empezó a entrecortarse, como si estuviera por empezar a llorar. “Te lo mereces, tú, Cintia, Steven, todos. Todos se burlaron de mí, ahora nadie se ríe”
Escuche solo un “no, por favor no, Hugo, lo sien…”, y un disparo dio por terminado su diálogo. En ese momento yo solo temblaba, no conocía el nombre de asesino, pero estaba seguro era de ese instituto. Cuando empezó a recorrer el salón con la mirada. Tuve una idea, idea que solo en esos momentos podría habérseme ocurrido. Me di vuelta sin hacer ruido, miré el techo y tantee el suelo con las manos temblorosas.
Mis yemas tocaron su cometido, era espeso, tibio. Nunca había tocado sangre, no era como lo imaginaba y al hacerlo se me secó la garganta y tuve miedo de llegar a vomitar arruinando el plan tan precario que se me había ocurrido. Cerré los ojos, y me manche la frente con esa sangre, no se a quien pertenecía, pero era mucha. Debí hacer un gran esfuerzo por dejar de temblar y que mis ojos, bajo mis parpados cerrados, no delataran que seguía vivo y tenía miedo, mucho miedo. Mientras gotas de sangre resbalaban por mi nariz y mis cejas, solo pensaba en una cosa. Arrepentimiento. Solo quería estar en casa, abrazar a mis padres y pedirles disculpas por cualquier cosa que hubiera hecho. Pedía que si se me concediese un segundo de vida, fuera de ese infierno, fuera para abrazar a mis padres y a mi hermana. Decirles cuanto los quiero.
Creo, que tener la mente ocupada en ellos, me permitió comportarme y actuar bien mi rol. Ya que sentía sus pasos alrededor de mí y de mis amigos y siguiendo su trayecto.
Se iría acercando a la puerta cuando ésta se abre nuevamente de una patada.
“¡Baja el arma!” No debió haberlo, supongo, por la ráfaga de balas que rompió el silencio. Llegue a abrir los ojos, para ver como un montón de uniformados se acercaban al chico, pateaban el arma lejos de él y verificaban su estado. El más próximo a él, acerco su boca al radio de su hombro y varias camillas con enfermeros enchalecados entraron en el salón. Al intentar levantarme, me di cuenta que no podía. No tenía idea que el miedo y los traumas pudieran hacer eso. Pero solo alcance a decir, en una voz como ajena a la mía: “Ayuda”. Y varios enfermeros y una camilla se acercaron a mi “Traigan un cuello y respirador, está vivo”
Luego, mis parpados se cerraron…
Al abrirlos recuerdo la cara de mi madre invadida por lágrimas y el rostro de mi padre surcado de arrugas y una notable preocupación. Al darse cuenta que abrí los ojos, se abalanzaron sobre mí. Mi madre no paraba de soltar lagrimas sobre mi hombro y de darme besos en mí, ya limpia, frente. Mi padre me apretaba tan fuerte la mano que parecía me la iba a quebrar. “¡Tania! ven” mi hermanita entro corriendo en la habitación y salto a rodearme el cuello con sus bracitos.
Ese día, por más que lo intente no podré olvidarlo y creo que tampoco superarlo. A veces creo que es como las cicatrices que te haces en un accidente. Al mirarla es como si por efecto visual, te acordaras de cada instante previo a que te la hicieras. Que estabas haciendo, que llevabas puesto, como fue y como te la curaste.
Con este hecho creo funciona parecido, si me despierto de noche y escucho ruidos de sillas o me levanto sudando y mirándome las manos, me las imagino machadas de sangre. Recuerdo ese día. Y prefiero quedarme con lo previo a lo sucedido. Carlos, Ricardo y Yesica, planeando posibles salidas de verano, inventando situaciones futuras imposibles. Eran buenos amigos y ni ellos, ni nadie, se merecían que lo que les pasó.
Yo, y los otros sobrevivientes, debemos ser testigos de su existencia.
Espero que el atreverme a contarlo les permita perdurar en las conciencias de quien me lea y sean testigos a través de mí, de su humanidad.
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Saludos!